La primera lección (escena de muestra)

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El texto presentado aquí, pertenece una escena del primer capitulo donde se muestran algunos de los rasgos del personaje principal, Pau Aguiló. Ep! no es el inicio de la novela ¿vale? 😉

Tras recorrer las Ramblas varias veces y vender cinco retratos, Pau guardó en la mochila su cuaderno y se encaminó hacia la calle Urgell, en busca del local donde se ubicaba el dojo del maestro de karate con el que entrenaba Cristian. 


Llegó con tiempo suficiente para dar un vistazo por la ventana del local, aunque solo consiguió distinguir un saco de entreno colgado de una viga. El acceso era un portón de madera, sin rotulo ni aviso alguno que indicara la actividad que se realizaba dentro. Esperó apoyado en el quicio de la puerta hasta que, al rato, apareció Cristian acompañado de un hombre de unos treinta y pico o cuarenta años, delgado, con gafas y trajeado. 

Al verlo, Pau pensó que parecía un administrativo. Cuando llegaron a su altura, sonrió con educación y extendió la mano. Al instante notó que la actitud de Cristian no era la habitual; mantenía la espalda muy recta y su cara expresaba una solemnidad algo exagerada. Parecía otra persona distinta a la que trataba en la Barcelona nocturna por donde coincidían algunos fines de semana. 

Cruzaron unas palabras a modo de presentación y de inmediato entraron en el local. Nada más traspasar la entrada se descalzaron, dejaron el calzado junto a la puerta y anduvieron a través de una espartana sala de cincuenta metros cuadrados, pintada de blanco y con sintasol gris en el suelo.

En el modesto vestuario, mientras se cambiaban de ropa, el maestro de Cristian preguntó a Pau: —¿Tiene alguna experiencia en artes marciales?

Pau, que estaba un poco incómodo por la formalidad que mantenían los dos, respondió con precaución.

—A veces entreno en un gimnasio de La Verneda.

El maestro le sonrió y volvió a preguntar —¿Y qué entrena?

—Damos muchas patadas, ataques de puño y proyecciones.

—Ah, muy bien ¿Y también quiere conocer el karate

—Pues no lo sé todavía, es que es la primera vez que voy a una clase. 

—No —intervino Cristian—, sensei Germán no quiere saber si serás alumno suyo. Te pregunta si te interesa conocer el karate

—Ah, pues eso tampoco lo sé —contestó Pau—, depende lo que hagamos hoy.

Cristian miró de reojo a su maestro y se dio cuenta que este no quería seguir hablando. Había quedado claro que Pau desconocía el protocolo para dirigirse a un sensei. No estaba mostrando el respeto adecuado al dar por hecho que sería Pau y no Germán quien decidiría si sería su alumno de karate.

Una vez cambiados de ropa, Cristian y Germán, con el karategi blanco los dos, se ataron sus respectivos cinturones, marrón el uno y negro muy raído el otro, y pasaron a la sala de entreno. 

Pau salió detrás de ellos vestido con un chandal gris, saludó con la mano a una jovencita que realizaba estiramientos en un rincón de la sala y entró en el recinto, directo hacia el saco de boxeo que había visto colgado de una viga, dispuesto a pegarle golpes hasta hartarse. Sin embargo, nada más dar unos pasos por la estancia, escuchó una tos forzada que le hizo girar la cabeza. Vio que el maestro karateka y su alumno estaban parados en el límite del Sintasol, mirándole. También observó que la muchacha se mantenía firmes en dirección al sensei

Cristian, con un leve gesto de la cabeza, y alzando las cejas, le indicó que acudiera rápido a su lado. Así lo hizo, y en el momento que les alcanzó, los tres karatekas inclinaron el cuerpo hacia adelante cuarenta y cinco grados y pronunciaron con fuerza: —¡Oss!

Pau, que desconocía esta costumbre, se quedó callado sin saludar, acostumbrado como estaba al gimnasio donde iba entre semana y en el que, como mucho, se estrechaban la mano si hacía tiempo que no se veían. Luego, tuvo que sentarse sobre las rodillas, fingir que meditaba y saludar de nuevo a una pared de la que colgaba el retrato en blanco y negro de un anciano oriental.

Después de los saludos y durante los siguientes veinte minutos, tuvo que correr, saltar, hacer abdominales, flexionar brazos y piernas, arrastrar los pies hasta el punto de casi llagarlos, y golpear el aire con puños y piernas. Todo ello trufado con una continua emisión de gritos que le dejó casi afónico. Cuando por fin acabó el calentamiento, los cuatro jadeaban y sudaban hasta empapar las prendas. Todos sonreían entre ellos por haber compartido el esfuerzo, menos Pau, que apenas podía mantenerse en pie y tenía que respirar a bocanadas, con una mano apoyada en la rodilla y la otra en el costado debido al intenso dolor de flato.

De inmediato, Germán llevó a Pau delante del saco y le indicó cómo realizar los geri. Pau, sin poder disimular su admiración, se quedó absorto observando a aquel señor bajito y tan vigoroso que hacía temblar los cristales de la ventana cada vez que golpeaba el saco con su pierna.

Cuando le llegó su turno, al dar la primera patada contra el saco, Pau supo con claridad que el karate no era lo suyo. El saco apenas notó el golpe, pero el dolor que provocó en su tibia le hizo exclamar una lamentación.

—Insista, muchacho —fue el único comentario de Germán.

—¡Está demasiado duro! —se excusó Pau.

—Mal. Debe decir ¡Oss! y hacer lo que le digo.

—Es que duele.

—En el karate encontrará coraje y humildad, no temor y rebeldía. Debe verlo como un aprendizaje de vida y no como un ejercicio físico —contestó Germán sin apartar la vista del saco. 

Pau, se quedó callado, sin saber que responder. La seguridad con la que hablaba Germán le ofendía, pero también se daba cuenta que expresaba el conocimiento de alguien que sabía lo que decía. Se encaró de nuevo ante el saco y después de susurrar «¡Oss!» repitió la patada, menos fuerte. 

—Bien, continúe así —dijo el profesor—, dele más impulso a la cadera y pivote sobre el otro pie. 

Dicho esto, se alejó y Pau se quedó solo ante el saco, lanzando patadas y apretando los dientes para no quejarse del dolor. Así estuvo unos minutos hasta que Cristian se acercó a él

Después de saludarle con una inclinación, le dijo: —Ven y observa lo que haremos.

Pau se sintió agradecido en lo más profundo de su ser. Pensó «¡Si sigo un minuto más con esto, os mando a todos a tomar por culo y me voy a por una cerveza!».

Cristian y Germán ocuparon el centro de la sala, se saludaron y realizaron varias veces una secuencia de ataques de puño con bloqueos. Se volvieron a saludar y la muchacha se situó frente a Pau. Tras el habitual saludo, adoptó la posición de guardia y le observó con intensidad. Pau, en un primer momento, no se la tomó muy en serio. Era una adolescente menuda, de unos quince años de edad, y aunque vestía el típico traje de karate con un cinturón marrón, no imponía gran cosa. Así que le sonrió, devolvió el saludo y esperó su ataque. Este ocurrió tan rápido y preciso que no le dio tiempo a reaccionar. Cuando quiso darse cuenta, la muchacha ya le había marcado el golpe en el pecho y vuelto a su posición de guardia tras gritarle un ¡kiai! en la cara.

La situación se repitió una y otra vez, hasta que en una de las tandas en que atacaba Pau, este decidió que ya había hecho suficiente de sparring y realizó un ataque falso, lanzando el otro puño a fondo. Calculó mal la distancia y alcanzó de lleno el esternón de la chica, que encajó el impacto retrasando el paso y exhalando un gemido de dolor. Pau se dio cuenta que se había irritado ante la destreza de la joven y su propia torpeza, y que había actuado sin nobleza. Arrepentido, le pidió disculpas con un gesto de la mano.

Sin embargo, para la muchacha fue un estímulo en su entreno. Que aquel chico larguirucho y desgarbado, que se movía como un pingüino y no apartaba la vista de sus pechos, le hubiese hecho un ippon en toda regla, significaba que había encontrado una abertura en su guardia y eso, según le habían enseñado, era un error que no podía cometer dos veces. Así que exhaló entre dientes, apretó los puños, saludó y dispuso su guardia con más determinación. Se concentró en sentir su hara.

Justo en el momento que iban a retomar el ejercicio, Germán se interpuso entre los dos. 

—Luisa, ahora practica con Cristian —le dijo a la muchacha, mirándola a los ojos—. Y usted amigo Pau, quédese conmigo. 

Luisa saludó, y un poco ruborizada, se alejó de ellos. Por su parte, Pau asintió en silencio y se apartó un poco de Germán, observando su cara por si esta le daba alguna pista de lo que venía a continuación. No cayó en la cuenta que el maestro se había visto obligado a intervenir cuando observó el golpe que Pau propinó a la joven karateka

Para Germán estaba claro que aquella persona que había traído Cristian no controlaba ni su fuerza ni su genio; cosa que en una clase de artes marciales, más pronto que tarde, solía conllevar lesiones de diversa consideración. Debía corregirle su actitud sin importar si era alumno suyo o de otro; estaba en su dojo y él era responsable de la seguridad de los que se encontraban en él. 

Sin dudarlo eligió el método tradicional para aleccionar a novatos díscolos: debía sentir en propia piel —de forma controlada, eso sí— lo que su conducta provocaba en los demás.

—Bien, ahora le atacaré yo y usted solo tiene que mantener la distancia para que no pueda alcanzarle ¿De acuerdo? Iré combinando estos tres ataques —dijo el maestro. 

Sin esperar respuesta, Germán afianzó el pie derecho, levantó la rodilla izquierda y giró la cadera. Su pierna izquierda salió catapultada en trayectoria circular a gran velocidad hacia la cabeza de Pau, deteniéndose a cinco centímetros de su sien. Pau solo notó como su cabello se movía a causa del desplazamiento del aire, pero antes de que pudiera evaluar lo sucedido, dos ataques de puño, consecutivos y rapidísimos, le rozaron la chaqueta del chándal a la altura del pecho. 

Mientras notaba como se le erizaba el vello de la nuca a causa del miedo, Pau fue consciente de dos cosas: la primera; que su vida podía haber acabado en un instante allí mismo, y la segunda; que en realidad Germán no quería hacerle daño.

—A esta patada la llamamos mawashi geri y a los puñetazos en el pecho, chudan tsuki —le dijo Germán sin trasmitir ninguna emoción—. Ahora insisto de nuevo; debe moverse para evitar que le alcancen los ataques, de lo contrario se expone a recibir un golpe.

Germán esperó unos segundos a que la frase hiciera su efecto e inició los ataques encadenados. 

Al momento, la adrenalina se apoderó del cuerpo de Pau, que intentó esquivar las acometidas sin conseguirlo. Los golpes del maestro, rápidos y precisos, aunque se quedaban a pocos centímetros de su cuerpo, siempre iban acompañados de potentes ¡Kiai! que le desorientaban e impedían que se pudiera concentrar.

Indemne pero estresado, Pau intentó contraatacar a la desesperada para ganar espacio, sin embargo, a Germán no pareció importarle, pues siguió con la misma tónica de presionar mediante un bucle inacabable de una patada a la cabeza y dos puñetazos al pecho. 

Pasados unos segundos en los que se intentó defender de forma alocada y sin control alguno, Pau se encontró acorralado en una esquina de la sala. Entonces Germán paró en seco y observándole con tristeza, le dijo —No es una buena actitud creer que la fuerza y la furia lo son todo. La voluntad es lo que realmente nos mueve, joven.

Pau, jadeando y angustiado, le miro sin entender y para confirmar que la cosa no iba a ir a más le preguntó —¿Todas sus clases son así? Quiero decir, ¿siempre son tan intensas? 

—Esta está siendo una clase suave —contestó Germán dándole una palmada en el hombro mientras le dedicaba una leve sonrisa—. El trabajo habitual triplica el esfuerzo que usted está realizando hoy, pero al ser inexperto no lo resistiría. 

A partir de ese momento, Germán pareció olvidarse de dar lecciones particulares a Pau y se dedicó a mostrar a sus alumnos un tipo de entrenamiento que llamó kata. Pau, incapaz de concentrarse en los ejercicios, no dejó de reflexionar sobre lo ocurrido. Finalizada la clase y mientras se duchaba, cayó en la cuenta que nunca había visto una actitud tan firme y una conducta tan controlada en una misma persona.

Pau se mantuvo en silencio hasta que se despidió de Germán. Este le saludo con cordialidad y Cristian le pidió que le esperara en la calle. Cuando salió del local se encontró a la joven sentada en el escalón de la entrada.

—Hola —le recibió ella.

—Hola —respondió Pau —¿Llevas mucho tiempo entrenando?

—Desde los cinco años. A final de curso llevaré diez haciendo karate.

—Lo haces muy bien. Eres muy rápida.

—Mi padre dice que para ser buena en karate, me falta mucho todavía.

—¿Tu padre también hace karate?

—Mi padre es el maestro Germán —dijo la chica sonriendo al tiempo que aparecían por la puerta Germán y Cristian. Pau tragó saliva al recordar cómo la muchacha había encajado el golpe y el posterior rapapolvo del padre.

—Pau, ¿comemos un bocata ahí enfrente? —dijo Cristian señalando un bar que tenían delante.

—Claro. Estoy agotado —respondió Pau con alivio.

Se despidieron del maestro y su hija y entraron en el bar. Una vez ingeridos los bocadillos y con los cafés ya en la mesa, Cristian le preguntó a Pau: —¿Qué te ha parecido la clase de Germán? 

—Es muy cañero. Suelta unas hostias que impresionan. En el otro gimnasio donde entreno, el profe se lo toma con más calma.

—Germán lo vive de verdad. El karate es su vida. Piensa que lleva practicando desde niño. Y dice que su hija es aún mejor que él cuando tenía su misma edad.

—¿Tú te has enterado de la caña que me ha dado? —preguntó Pau.

—¿Te refieres a cuando te arrinconó en la esquina? ¡Qué bueno! Parecías un gato acorralado lanzando zarpazos. ¡Ja, ja, ja! —Cristian se rio de buena gana recordando la imagen de Pau histérico, intentando protegerse de los ataques de Germán.

—No te rías gilipollas, que he estado a punto de palmarla —dijo Pau palmeándose el pecho —. No sabía cómo parar la lluvia de ostias que me estaba cayendo.

—Pues no te ha tocado ni una vez. Solo te marcaba.

—Si. Yo creo que si me llega a dar de verdad me mata allí mismo. 

—Las artes marciales son artes de guerra —dijo Cristian con su vista en los ojos de Pau—, nacieron para eliminar al enemigo de la forma más rápida y eficaz posible. No son un juego. De hecho, un solo tsuki bien dado puede reventar el cuerpo por dentro.

Para dar más énfasis a sus palabras, Cristian lanzó un puño a la garganta de Pau, el cual esquivó retirando la cabeza.

—No seas peliculero, tío —dijo al apartar con desdén el brazo de Cristian.

—¿Quieres saber lo que opina Germán de ti? —preguntó este.

—¿Habéis hablado de mí?

—Cree que eres un tío violento.

—¿Violento? Yo no soy violento.

—Me ha dicho que, si se quiere conocer a alguien de verdad, hay que ver cómo reacciona bajo presión. 

—¿Por eso me ha acojonado de esa manera? Yo creía que era porque me pasé con su hija.

—¿Te has pasado con Luisita? ¿Le has metido mano? —preguntó Cristian con socarronería.

—¡Pero qué dices, mamón! Es que se me escapó un puño y le di sin querer. Me supo mal, de verdad.

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