Noctámbulo (otra escena de muestra)

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Otra escena más en la que —a su pesar— se evidencia el convulso universo interior del personaje de Pau Aguiló. Y algunas claves de por dónde le vendrán los palos. 

Decir «nos vemos en el Sidecar», era quedar entre las diez de la noche y las cinco de la madrugada, hora que abría la churrería más cercana. 

Música en directo; rock, heavy, blues y algún ritmo más, conformaban la sonoridad de uno de los sótanos de la Plaça Reial con más marcha del Barri Gòtic de Barcelona. Para variar podían verse en el Karma, otro sótano en la misma plaza, el London Bar, en la calle Conde del Asalto, o en el Zeleste de la calle Argenteria, y algunos otros, como el Abracadabra que en cualquier caso no distaban más de quince minutos andando.

Lo cierto era que por las calles que los enlazaban entre sí, y dentro y fuera de los locales musicales, circulaba el alcohol y las más variadas sustancias lisérgicas y psicotrópicas de la época, como si fuera un laberíntico recorrido de experiencias hipnóticas que se disipaban al amanecer entre jardines y playas.

Sobre las dos de la madrugada, Cristian entró en el local cuando sonaba Mi calle de Lone Star. Pau le esperaba con un whisky con zumo de melocotón en la mano, junto al espacio despejado de mesas destinado a bailar. 

Cuando se acercó Cristian, gritó al oído de Pau a causa del fuerte volumen de la música: —¡Ya lo tengo! ¡Buscamos una mesa y nos sentamos! 

Pau asintió. Dieron una vuelta por el local y encontraron una mesa libre detrás de una columna de ladrillos rojos. Se sentaron y Cristian habló: —He dado más vueltas que un tiovivo, pero al final he conseguido unos secantes que te vas a cagar, nene. —dijo mientras extraía del interior de sus calzoncillos una pequeña cajita de metal que, con mucho cuidado, abrió sobre la mesa. 

En su interior había unos pocos cuadradillos de papel coloreado, con sellos de escudos en sus caras. Los dos jóvenes miraron la cajita durante unos segundos hasta que Cristian fue el primero en elegir uno de ellos. 

—Venga, pilla uno y póntelo debajo de la lengua hasta que se deshaga —dijo con su papelito en la yema del índice.

—¿Y esto vale quinientas pelas cada uno?

—Es bueno de cojones. Elige ya. —contestó Cristian, con una sonrisa pícara y algo de impaciencia.

Pau observó con detenimiento los secantes y se humedeció el dedo medio. Con un suave toque, pegó un papelito con el sello de una araña negra a su yema, llevándolo a la boca al mismo tiempo que lo hacía Cristian.

 Hasta que el alucinógeno no empezó a hacer efecto, veinte minutos más tarde, se mantuvieron juntos hablando a gritos y dando tragos a sus bebidas, pero cuando Pau notó los primeros síntomas, salió del local sin despedirse y sin rumbo fijo. Recorrió callejuelas oscuras, observando la vida de gente que no le veían a él. Parejas abrazadas, parejas que se ignoraban, pequeños grupos de gente discutiendo, hombres solitarios que caminaban entre sombras, camareras de barra americana con cubos de basura, incluso marineros de la sexta flota, borrachos, intentando mantener la verticalidad sobre los adoquines húmedos de las calles. 

De pronto, se dio cuenta de que estaba sentado en los bancos superiores de una sala de baile rectangular que le hizo pensar en un pozo para peleas ilegales de perros. Las cuatro paredes que componían la sala estaban cubiertas por grandes cortinajes de terciopelo granate y en el centro de cada una de ellos colgaba un gran cuadro. Pau giró para observar el que tenía suspendido sobre su cabeza y reconoció un póster enmarcado con la reproducción de Los noctámbulos de Edward Hopper. De inmediato, se vio trasladado al interior de la escena del póster.

Tuvo que parpadear a causa de la fuerte iluminación cenital de la cafetería. Un taciturno parroquiano, sentado en un taburete junto a la barra, sin mirarle, le indicó con una mano que se sentara junto a él, entonces Pau vio, sobre el mostrador de madera, un tablero de ajedrez dispuesto para empezar la partida. Se sentó y observó sus piezas rojas que reproducían diferentes estados de ánimo: los peones expresaban múltiples grados de confusión, las torres mostraban la debilidad causada por grietas y derrumbes de los asedios sufridos, los caballos, aun siendo fuertes, revelaban con sus grandes cicatrices la dureza de batallas anteriores, los alfiles sostenían sin orgullo estandartes roídos por el fuego enemigo. Pero sin duda, lo peor de todo eran el rey y la reina, que encarnaban el miedo y el fracaso acumulados por las campañas realizadas.

En cambio, las figuras azules de su adversario estaban bien formadas. Dispuestas a morir matando, amenazadoras y bien pertrechadas, esperaban la oportunidad de destruir a su contrincante. Mientras las observaba no paraban de moverse, impacientes por entrar en batalla. 

De pronto los caballos azules, cabalgados por feroces amazonas, saltaron sobre las filas de los peones rojos creando numerosas bajas, que al momento se convertían en ceniza. La pareja real forzó la huida de su posición central con tan mal acierto que la reina acabó bajo los cascos de una amazona. Solo una torre roja pudo vengar su muerte, a costa de perecer en el acto.

Los peones rojos que quedaban se reunieron con los alfiles en torno a su rey, más para pedir su abdicación que para defenderle. Entre tanto, la caballería formaba la única línea defensiva con posibilidades de resistir, asistida en la distancia por una precaria torre que a duras penas se mantenía en pie.

Los peones azules avanzaron decididos, en formación de ariete, hacia la desorganizada comitiva del rey rojo, al tiempo que los alfiles daban buena cuenta de la solitaria torre, atacando por un flanco. 

Pau observaba sus piezas desconsolado, mermadas de confianza, sucumbir sin apenas ofrecer resistencia, y en la huida, perder los pertrechos mientras sus armaduras y ropajes, que en algún tiempo fueron radiantes y refinados, se convertían en harapos putrefactos.

La sangría continuó hasta que sobre el tablero solo quedó el rey rojo y un nutrido ejercito de piezas azules, que abrieron paso a su reina, majestuosa y despiadada, para que alcanzara de muerte al vencido rey. 

Así lo hizo. Se acercó hasta él, puso una mano en el abatido hombro y real en un instante este se deshizo, esparciéndose sus cenizas por los cuadros de alrededor. 

Pau sintió envejecer su corazón al ver el triste final del rey. Observó las cenizas de su ejército, que cubrían el tablero, ser arrastradas por el viento lejos de allí, vio las huestes azules recomponer sus filas y transformarse en piedra, también observó cómo el mismo tablero, el escenario de tanto sufrimiento, se convertía en hielo, y este se deshacía en agua, el agua se volvía niebla y tras la niebla, imperturbable, el jugador de las fichas azules le miraba sin verle.

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